lunes, 18 de agosto de 2008

El vigia (5)


Seguramente era mucho pedir. Indudablemente primaba la supervivencia propia antes que la de unos bichos que te podían planchar si decidían echarse la siesta sobre tí. Quizá hasta los seres humanos le prestaron un poco de ayuda a la desaparición de la especie que estaba ejerciendo el dominio (entre que los homo sapiens no eran excesivamente listos y que la fuerza bruta estaba bastante bien considerada en esa época) sobre la faz de la tierra.
Francamente, y ahora a toro pasado lo puedo contar, nosotros estuvimos a punto de presentarnos y de llegar a algún tipo de alianza con los velociraptores. Pero entre las glaciaciones (una pena que las estufas no estubieran inventadas en esos tiempos), la caza y el uso de armas de una manera indiscriminada y la poca capacidad de fertilizar que al final llegaron a tener estos bichos, el caso es que la memoria de su existencia solo se ha perpetuado por mis precisos recuerdos y por los restos de esqueletos que han ido apareciendo por ahí. Algún desinformado dice que un meteorito, uno de los grandes, acabó con esta especie al choar contra la Tierra. Puedo dar fe de que no es correcto.
Hubiera sido paradójico; estos animales que sobrevieron a una gran hecatombe nuclear, que significaban el mayor legado de seres vivos de civilizaciones anteriores, destruidos por la llegada aleatoria de un gran pedrusco que venía del espacio. Pero no fue así; de repente se volvieron un poquito estériles (¡con lo que habían fecundado estos animales!) y las otras circustancias ayudaron a su final.
¡Una pena! No sé que papel pudieran haber jugado en las megaciudades actuales de diez-doce millones de habitantes. Pero en esos momentos de evolución primitiva de esta civilización, lo ciertos es que estos grandes animales se complementaban muy bien con los seres humanos, a pesar del terror que estos les tenían a los animalitos.
Algo concreto y vulnerable a lo que temer y que marcaba sus vidas. ¡Ycuando lograban cazar alguno! Comida para seis meses

viernes, 8 de agosto de 2008

El Vigia (4)


Otro momento remarcable en el nacimiento de una civilización (particularmente con la especie que puebla este planeta), son las primeras manifestaciones del cinismo. Las armas (simples y rudimentarias entonces, moderadamente sifisticadas en estos momentos) surgen por las necesidades de: a) cazar para buscarse un medio de alimentación rápido y efectivo; b) defenderse y repeler ataques que te puedan venir de enemigos más numerosos y que te agredan por sorpresa.

Pero, en el fondo, todo aquel que quiere tener en su poder armas más sofisticadas y poderosas que las que tienen sus vecinos, en realidad lo que está buscando es tener poder. Que las otras personas que conviven con ellos les teman y tengan conciencia de que si deciden atacarlos las armas poderosas van a decidir la contienda.

Seguramente no se trataba de la misma historia que en el caso del fuego. O sí; he visto tantas veces ya esta escena que mi memoria confunde los acontecimientos. Además que nuestra especie no se caracteriza por tener una memoria extraordinariamente desarrollada. Diría que estamos al nivel de los seres humanos de este planeta que cuentan con una memoria realmente frágil.

El caso es que individuo que había quitado la pareja al que le lanzó las gruesas piedras como represalia, contaba con un par de jóvenes en su misma tribu que eran realmente ingeniosos pero que disponían de una nula habilidad en su capacidad de relación con las hembras. A cambio del relato de sus actividades de tipo amoroso con algunas hembras de la tribu propia y de las ajenas, los jóvenes proporcionaron al ardoroso individuo un revolucionario artilugio que consistía en una rama de arbol (poco más o menos recta) que tenía encajado en un extremo y bien atado con ramas flexibles, un trozo de piedra puntiagudo que había sido afilado mediante el ingenioso sistema de rozarlo contra otras piedras.

Esta poderosa arma de destrucción le permitió atacar al hombre traicionado que le había lanzado con violencia las piedras que habían lastimado una de sus piernas y casi lo matan. El exito y la contunencia de la nueva arma fue tal que la mujer fue recuperada para su disfrute; y hasta la cueva en la que se refugiaba su anterior pareja de las muchas inclemencias del clima fue abandonada y ocupada por el primer casanova de esta civilización.

domingo, 3 de agosto de 2008

El Vigía (3)


Los pocos supervivientes de la civilización anterior quedaron completamente desconcertados y no estaban para muchas hazañas intelectuales. Pasaron unos cuantos años, los seres humanos tocaron fondo, y tocaba iniciar la evolución de nuevo. De la más absoluta nada, hasta nuestros días. Bueno, tampoco es demasiado.
El primer punto de evolución que solemos tomar como punto de inicio, la nuestra y todas las especies que está por ese universo infinito, es el descubrimiento del fuego y su uso de forma habitual en beneficio del ser humano.
En este ocasión, y aunque parezca mentira, una de las actividades más populares del ser humano casi fue descubierta a la par que el primer pinito tecnológico que, repito, es la producción de fuego de manera voluntaria. Efectivamente los cuernos y el fuego practicamente nacieron en esta ocasión a la par.
De los aproximadamente cinco mil seres que apenas tenían para sobrevivir con los escasos animales que también habían sobrevivido a la catástrofe que practicamente acabó con la vida en el planeta y una muy incipiente agricultura, a dos de ellos, un macho y una hembra, lesdió por mantener una relación a espaldas del conocimiento del macho que petendía (una ilusión erronea que se ha mantenido en el tiempo) que la mencionada hembra le pertenecía en propiedad.
El descubrimiento de esa relación por parte del macho con aspiraciones de exclusividad provocó que piedras de cuatro a cinco kilos volaran por el aire con bastante virulencia. Ni el lanzador, ni el destinatario pudieron darse cuenta; pero algunos de los espectadores neutrales se sorprendieron al ver como saltaban chispas de manera espectacular al chocar las piedras contra las paredes de donde tenían sus cuevas -viviendas.
De manera más tranquila y ya sin la intención de machacar los sesos de nadie pudieron experimentar y ver como las chispas que saltaban al machacar las piedras, prendían ramas secar produciendo algo que llamaban fuego (el nombre de un sobrino mío) y que producía un calorcito muy agradable.