Seguramente era mucho pedir. Indudablemente primaba la supervivencia propia antes que la de unos bichos que te podían planchar si decidían echarse la siesta sobre tí. Quizá hasta los seres humanos le prestaron un poco de ayuda a la desaparición de la especie que estaba ejerciendo el dominio (entre que los homo sapiens no eran excesivamente listos y que la fuerza bruta estaba bastante bien considerada en esa época) sobre la faz de la tierra.
Francamente, y ahora a toro pasado lo puedo contar, nosotros estuvimos a punto de presentarnos y de llegar a algún tipo de alianza con los velociraptores. Pero entre las glaciaciones (una pena que las estufas no estubieran inventadas en esos tiempos), la caza y el uso de armas de una manera indiscriminada y la poca capacidad de fertilizar que al final llegaron a tener estos bichos, el caso es que la memoria de su existencia solo se ha perpetuado por mis precisos recuerdos y por los restos de esqueletos que han ido apareciendo por ahí. Algún desinformado dice que un meteorito, uno de los grandes, acabó con esta especie al choar contra la Tierra. Puedo dar fe de que no es correcto.
Hubiera sido paradójico; estos animales que sobrevieron a una gran hecatombe nuclear, que significaban el mayor legado de seres vivos de civilizaciones anteriores, destruidos por la llegada aleatoria de un gran pedrusco que venía del espacio. Pero no fue así; de repente se volvieron un poquito estériles (¡con lo que habían fecundado estos animales!) y las otras circustancias ayudaron a su final.
¡Una pena! No sé que papel pudieran haber jugado en las megaciudades actuales de diez-doce millones de habitantes. Pero en esos momentos de evolución primitiva de esta civilización, lo ciertos es que estos grandes animales se complementaban muy bien con los seres humanos, a pesar del terror que estos les tenían a los animalitos.
Algo concreto y vulnerable a lo que temer y que marcaba sus vidas. ¡Ycuando lograban cazar alguno! Comida para seis meses

