
Y entre todo ese miedo y oscuridad, a pesar de todo perviven seres que realizan acciones que permiten pervivir a esta raza y continuar evolucionando, al menos tecnológicamente. Son esas cosas que pasan y que permiten, sobre todo les permiten a ellos, pensar en la existencia de un ser superior y que no es ninguno de nuestro planeta.
Es evidente que la religión ha supuesto uno de los peores inventos de esta civilización; ya hemos argumentado aquí el porqué. Ya hemos comentado lo perniciosos que fueron sus representantes en esta oscura Edad Media. Pero es bien sabido que toda la materia oscura tiene sus puntos de claridad y que el peor de los demonios realiza algún que otro gesto de nobleza.
Sin que hubiera ninguna necesidad, al menos “los de siempre” no iban a sacar ningún provecho de ello, entre los miembros de la Iglesia también se dio un movimiento que permitió que se conservara una parte, aunque fuera mínima, de los conocimientos y creaciones que se registraron en este planeta en los siglos anteriores a que se diera esa larga época de oscurantismo y miedo irracional.
En unos cuantos conventos y abadías se refugiaron una cierta cantidad de frailes que gastaron una buena parte de sus vidas en traducir y copias a mano una parte de la sabiduría y conocimiento que la civilización humana había logrado guardar hasta ese momento.
No iban a obtener un gran beneficio, ya se sabe que estas cosas nunca han estado muy bien remuneradas, no le importaba demasiado, salvo honrosas excepciones, a los que mandaban y tampoco podían estar seguros de que el esfuerzo sirviera para algo.
Y no fue todo, mucho de ese conocimiento acumulado quedó en el camino. Hay que tener en cuenta que una gran parte de esas enseñanzas, casi todas, chocaban con las estrechas y reaccionarias normas y doctrinas que había impuesto la jerarquía eclesiástica. Pero por lo menos supusieron la brasa que ha intentado sustentar, hasta el momento sin conseguirlo, la luz que esta raza humana pretende que les alumbre y que les sirva para evolucionar.
Es evidente que la religión ha supuesto uno de los peores inventos de esta civilización; ya hemos argumentado aquí el porqué. Ya hemos comentado lo perniciosos que fueron sus representantes en esta oscura Edad Media. Pero es bien sabido que toda la materia oscura tiene sus puntos de claridad y que el peor de los demonios realiza algún que otro gesto de nobleza.
Sin que hubiera ninguna necesidad, al menos “los de siempre” no iban a sacar ningún provecho de ello, entre los miembros de la Iglesia también se dio un movimiento que permitió que se conservara una parte, aunque fuera mínima, de los conocimientos y creaciones que se registraron en este planeta en los siglos anteriores a que se diera esa larga época de oscurantismo y miedo irracional.
En unos cuantos conventos y abadías se refugiaron una cierta cantidad de frailes que gastaron una buena parte de sus vidas en traducir y copias a mano una parte de la sabiduría y conocimiento que la civilización humana había logrado guardar hasta ese momento.
No iban a obtener un gran beneficio, ya se sabe que estas cosas nunca han estado muy bien remuneradas, no le importaba demasiado, salvo honrosas excepciones, a los que mandaban y tampoco podían estar seguros de que el esfuerzo sirviera para algo.
Y no fue todo, mucho de ese conocimiento acumulado quedó en el camino. Hay que tener en cuenta que una gran parte de esas enseñanzas, casi todas, chocaban con las estrechas y reaccionarias normas y doctrinas que había impuesto la jerarquía eclesiástica. Pero por lo menos supusieron la brasa que ha intentado sustentar, hasta el momento sin conseguirlo, la luz que esta raza humana pretende que les alumbre y que les sirva para evolucionar.





