Tenía que llegar; aunque se trataba de una especie torpe, era evidente que algún día se tenían que dar cuenta que todo lo que existe en el universo está a nuestro servicio para que lo disfrutemos de una forma libre y equitativa. Los dinosaurios y el resto de animales que poblaban el planeta no se estaban quietos y les jodía enormemente que se les cazara aunque fuera para la subsistencia del hombre.
Muchos de estos animales eran incluso de un tamaño mayor y tenían unos dientes y garras extarordinariamente afiladas que de no andar listos (y habitualmente no lo andaban) podía destrozar al cazador y en lugar de que el hombre cenara mamut, el mamut cenaba hombre.
Pero las hierbas y los frutos de los árboles no se movían mucho y carecían de dientes. No eran el alimento preferido de la raza humana por su sabor y apariencia; pero para sacar de penurias al estómago valían. Y de paso ya se les emzaba a dar chance a médicos y dietistas con el rollo ese de la comida sana.
Y, lo mejor de todo, estaba libre, a su disposición en cualquier trozo de tierra que tuviera algún roce, auqnue fuera pequeño con el agua. Alguna mente pleclara lo vio con total nitidez. Lo que nos ofrecía libremente la naturaleza estaba bien; pero si se le ayudaba un poquito el resultado podía ser extraordinario.
Y ya está, el hombre inventó la agricultura. Una actividad que a lo largo de muchos siglos sirvió para que la raza humana no desapareciera victima del hambre más devastador. Y de paso le dio su sello característico. Una serie de frutos que la tierra los da de una manera libre y gratuita son utilizados para enriquecerse y abusar unos de otros (nuevamente las armas son fundamentales para hacerlo). Y curiosamente, si no fuera así no sería el ser humano, quien más se enriquece con esta actividad son los que no trabajan la tierra. Los intermediarios e inventores de tasas e impuestos han hecho auténticas fortunas sin tocar ni una vez con sus manos una triste lechuga. Cosas de magia