viernes, 28 de febrero de 2020

DINERO, DINERO






Todo el mundo aquí, en la residencia me tiene por un rata de cuidado, porque nunca invito a un mal café, nunca compro nada y nunca regalo nada a nadie. Y es que, claro, cuando viene a visitarme la trabajadora social que consiguió que me acogieran en esta residencia le insisto en que todos mis compañeros están cobrando una pensión, que todos dicen que es una mierda pero que ahí está; y ella me dice que ya me puedo dar con un canto en los dientes (¡ay, no, que dolor!) con que me hayan admitido ingresarme en la residencia.
Pero que para poder cobrar una pensión necesitaría llevar cotizando, al menos veinticinco años; pero ha preguntado a la seguridad social y que no aparezco como cotizante ni un solo día de mi vida, por lo que  no puedo cobrar nada de pensión. Que está tratando que, a través de alguna de las modalidades de ayuda social pueda cobrar algo; pero que eso lleva tiempo y no puede ser de hoy para mañana.
Lo que son las cosas, yo que llevo trabajando como piloto de tercera para el Alto Mando de mi planeta desde hace, aproximadamente, 20 billones de años y resulta que me dicen que no he trabajado ni un solo día en toda mi larga vida.
¡Cuanto me gustaría salir por ahí a dilapidar el dinero! Y eso que he observado que ahora esto que llaman aquí dinero se está convierto más en un concepto de fe que en algo material, tocable y palpable. Cuando llegué a la residencia y les pregunté que como iba a pagar el euro que había perdido jugando al dominó, me dijeron que con el dinero que tuviera.
Los dejé flipando cuando les hice saber que no tenía ni idea de lo que era el dinero. Aunque, en general, se creyeron que estaba de guasa y que tan solo se trataba de una broma para no pagar el euro que había perdido. Alguno se avino a explicarme lo que era el dinero. Lo entendí perfectamente; pero, ahora, esos papelitos de colores y esas piezas metálicas (curiosamente tenían menos valor lal piezas metálicas que los papelitos) ya casi han dejado de circular y lo que se utiliza es tocar una pequeña maquina con un trozo de plástico y la gente se cree que tienes dinero y que se lo has mandado a un sitio imaginario que nadie sabe donde está y, suponiendo que esto sea verdad, tampoco nadie sabe quién controla ese dinero.
Afortunadamente la trabajadora social me dejó doscientos euros poco después de mi llegada, desde que aprendí a jugar al dominó, y los voy logrando estirar con pequeños sablazos a los celadores y familiares de los internos. así me da para poder pagar las deudas que generan mis partidas de dominó ya que, según dice Matías, y en eso está de acuerdo todo el mundo aquí, "las deudas de juego son sagradas".

No hay comentarios: