viernes, 10 de abril de 2009

El Vigia (21)


Uno de los grandes defectos que suelen tener los habitantes de este planeta es que son nulos para medir cuales son realmente sus posibilidades. Se creen que son igualmente válidos para controlar una familia (en realidad casi nunca nadie lo ha logrado y menos los hombres) de cuatro o cinco personas que una empresa de mil trabajadores, que un país de veinte millones; a menos que sepas delegar responsabilidades y organizar el trabajo de una manera adecuada. Pero eso de delegar y organizar no es concepto que haya quedado muy claro a lo largo de la existencia de este planeta y a lo largo de sus diferentes civilizaciones. Debe ser cosa del oxígeno que no es una sustancia apropiada para pensar.
Bueno el caso es que a partir del año 1.500 d. c. los reyes de las principales naciones europeas, en otros sitios lo habían hecho antes incluso, decidieron que eso de compartir el poder con sus nobles que tenían una zona en donde prácticamente nadie les podía discutir su liderazgo (salvo que tuvieras un especial interés en perder la cabeza), se iba a terminar y que si ellos eran los reyes, dueños y señores de todo el país, por designio divino, tenía que quedar claro a la hora de gobernar. El absolutismo lo llamaron.
Esto hizo que el rey fuera único, vitalicio, hereditario y teocrático lo que hacía que el monarca dictara todas las leyes de acuerdo a sus intereses y los nobles, estaban para aconsejar al rey en sus decisiones aunque éste siempre tenía la última palabra y tiraba para sus intereses y, quizá, los de algún noble que se encontraba convenientemente situado; el rey manejaba los hilos de la iglesia y era el jefe temporal, lo que quiere decir que manejaba la parte administrativa y todo lo que tiene que ver con sus riquezas, mientras que la parte de la fe y la creencia religiosa (la parte coñazo) eran atribuidos al clero.
Y esta acumulación de poder no iba a ser permitida
por “los de siempre”. Como mucho podían dejar al rey pertenecer a su selecto club; pero no que fuera el único que pertenecía a ese club. Por eso estaba cantando que iba a suceder lo que realmente luego sucedió.
Hay un dicho en alguna parte de este planeta que dice que “la avaricia rompe el saco”. Y en este caso la rompió en forma de descontento y crecimiento de organizaciones que, con el paso del tiempo vinieron a desembocar en el germen de revoluciones y cambios de tipo político y social.

No hay comentarios: