EL APATRIDA
Ahora resulta que soy un apátrida, no estoy seguro que en mi planeta esto se llame de esta manera. Pero, está claro que me he convertido en un paria extraterrestre que ha renunciado a colaborar con los seres de su especie por ayudar a los seres que lo han acogido de manera amable en este nuevo lugar para vivir que he encontrado y que llevaba observando muchos millones de años. Muchos millones de años antes, incluso, de que se iniciara la actual civilización que se está viviendo.
Bueno; en realidad, no lo hice por ayudarlos, más bien fue un poquito de canguelo a la hora de implicarme en un conflicto armado. Que estas cosas puede que se sepa cómo empiezan; pero, nunca como vana a acabar. Y, en cuanto a lo de ser bien recibido; también habría muchas cosas que matizar. Ellos saben que soy un horrible jugador de dominó y peor de mus. Pero, si hubieran sabido que soy un extraterrestre, quizá me hubieran colgado de las orejas hasta que me pudiera podido limpiar con ellas el culo; sin necesidad de tener que utilizar el papel higiénico.
Pero, quizá, lo peor de todo es lo que pude escuchar por la vieja y obsoleta radio que aun funcionaba en mi nave. después de realizar algunas labores de mantenimiento y actualización (una pena no haber estado más atento a las clases teórica de mantenimiento de las telecomunicaciones interespaciales -me quedaba dormido con frecuencia -) pude captar un comunicado que se lanzaba con insistencia desde mi planeta. A pesar de ser un intercomunicador que ya estaba para el arrastre, era de lo poquito que en este planeta se podía comunicar y recibir llamadas inter universos.
Bueno pues en ese comunicado, que podía recibir entrecortado e incompleto, me parecía entender que, daban por supuesto que yo había muerto en el fragor de la batalla; pero, en el caso improbable de que no hubiera sido así, ofrecían una recompensa de novecientos mil millones de curovas (la moneda imperial de mi planeta) a quién les pudiera entregar mi cabeza, cualquiera de ellas, a los jefes del Alto Mando. Al parecer me culpaban a mi directamente, a mi incompetencia, del fracaso de la misión de destruir en cachitos pequeños a este planeta.
¡Vamos, que ellos fueran unos mantas, al parecer, no tuvo nada que ver! Así que, a partir de este momento, tendré que estar con el alma en vilo por si han mandado a un sustituto para la misión que yo estaba llevando a cabo; y si, por las casualidades de la vida, me termino cruzando con él.
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