
Hay en este planeta un dicho que asegura que “no hay mal que cien años dure”. Y yo puedo aseverar que eso es así si exceptuamos a la guerra. Si no es la misma, será un conflicto muy parecido que mantendrá enzarzados a varios contendientes peleando por no se sabe muy bien qué. Hasta hay una guerra que se la denomina la de los cien años. Hay una de esas simulaciones que los seres humanos denominan película llamado “Fanfan la tulipa” en la que en sus primeros diez minutos se explica con toda claridad, y seguramente con toda crudeza como es esto de las guerras
Y es que, efectivamente, llegó un momento del desarrollo de la civilización humana en que hacer la guerra se convirtió en un auténtico “modus vivendi” sin el cual los seres del género masculino no sabrían exactamente que es lo que iban a hacer, ni las mujeres tampoco.
Desde que se descubrió que unos cuantos tipos fornidos con dos buenas espadas y tres o cuatro lanzas podías imponer tu criterio sin dejar derecho a réplica a tu oponente, esta fórmula comenzó a ser profusamente utilizada de manera que no existe territorio sobre la faz de este planeta que no ha sufrido las consecuencias de esta costumbre tan dialogante y liberal.
Primero fueron los malentendidos sobre los límites de territorios que querían ser modificados en unos cuantos miles de kilómetros sin que hubiera acuerdo entre los vecinos acerca de donde estaban esos límites. Después vinieron las guerras de religión en las que el que ese axioma de muchas religiones de “amaros los unos a los otros” quedaba olvidado en aras de determinar cual era el Dios verdadero. Luego vinieron las guerras económicas, seguramente siempre ha sido el auténtico motivo de las contiendas armadas, aunque quisieran darle un sesgo ideológico como el caso de la II Guerra Mundial (aunque si están los judíos por medio quien puede dudar que hay una motivación económica); y en los últimos días el aspecto económico se acotado tanto que el motivo se ha concretado en el petróleo.
Por fortuna, la opinión cada vez más generalizada acerca de los conflictos armados esta más acorde con lo que se piensa fuera de este planeta y eso hace que cada vez más se trate de conflictos marginales y que no afectan a la totalidad de los seres de la Tierra. Pero, desgraciadamente, hubo una época en la que el destino de una gran parte de sus habitantes durante los mejores años de su vida era pelear y pelear en combate hasta que murieran o sus cuerpos quedaran tan desgastados que no tuvieran energías mas que para esperar que, a los cuarenta años, su vida se acabara
Y es que, efectivamente, llegó un momento del desarrollo de la civilización humana en que hacer la guerra se convirtió en un auténtico “modus vivendi” sin el cual los seres del género masculino no sabrían exactamente que es lo que iban a hacer, ni las mujeres tampoco.
Desde que se descubrió que unos cuantos tipos fornidos con dos buenas espadas y tres o cuatro lanzas podías imponer tu criterio sin dejar derecho a réplica a tu oponente, esta fórmula comenzó a ser profusamente utilizada de manera que no existe territorio sobre la faz de este planeta que no ha sufrido las consecuencias de esta costumbre tan dialogante y liberal.
Primero fueron los malentendidos sobre los límites de territorios que querían ser modificados en unos cuantos miles de kilómetros sin que hubiera acuerdo entre los vecinos acerca de donde estaban esos límites. Después vinieron las guerras de religión en las que el que ese axioma de muchas religiones de “amaros los unos a los otros” quedaba olvidado en aras de determinar cual era el Dios verdadero. Luego vinieron las guerras económicas, seguramente siempre ha sido el auténtico motivo de las contiendas armadas, aunque quisieran darle un sesgo ideológico como el caso de la II Guerra Mundial (aunque si están los judíos por medio quien puede dudar que hay una motivación económica); y en los últimos días el aspecto económico se acotado tanto que el motivo se ha concretado en el petróleo.
Por fortuna, la opinión cada vez más generalizada acerca de los conflictos armados esta más acorde con lo que se piensa fuera de este planeta y eso hace que cada vez más se trate de conflictos marginales y que no afectan a la totalidad de los seres de la Tierra. Pero, desgraciadamente, hubo una época en la que el destino de una gran parte de sus habitantes durante los mejores años de su vida era pelear y pelear en combate hasta que murieran o sus cuerpos quedaran tan desgastados que no tuvieran energías mas que para esperar que, a los cuarenta años, su vida se acabara
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